Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 29 de enero de 2011

Leyenda de la mujer emparedada.

Es bastante común en muchas ciudades españolas la existencia de leyendas sobre mujeres emparedadas. Cartagena, Puerto de Santa María, Córdoba, la burgalesa Modúbar de la Emparedada (de verdad que tiene ese nombre), Úbeda y muchas otras localidades guardan en su conciencia colectiva relatos sobre mujeres a las que el machismo y la intolerancia de la época condenó a morir de tan espantosa manera.
Casi todas ellas tienen un guión semejante: la señora de casa noble entabla amoríos con un mozo que suele ser un criado o incluso ¡un esclavo negro! El cornudo descubre el adulterio y manda emparedar a la esposa y ejecutar al criado.

Sin embargo, en la leyenda de la emparedada de Sevilla cambia bastante la historia:
En la casa número 4 de la calle Marqués de la Mina, cercana a la parroquia de san Lorenzo,  vivía Esteban Pérez, maestro albañil. Una noche de invierno del año 1.868, llamaron a su puerta y, al abrir,  encontró un caballero cubierto con chistera y envuelto en una amplia capa, que le hizo un encargo urgente para esa misma noche. Ante la promesa de una buena paga, el albañil se vistió, tomó sus herramientas y subió al carruaje del caballero. Una vez dentro, éste insistió en vendarle los ojos para que no conociese el lugar de destino; como el albañil recelaba, el embozado esgrimió un revólver y, poniéndolo en el pecho del albañil, dijo:

- Puede usted elegir entre el oro y el plomo.
Casa número 4 de la calle Marqués de la Mina.
Durante una hora larga estuvo el carruaje recorriendo las calles de la ciudad, siendo imposible para el pobre albañil calcular, ni siquiera aproximadamente, el lugar en el que finalmente se detuvo el carruaje.

Fue llevado a un sótano en el que le descubrieron los ojos y se le ordenó levantar un tabique ante una hornacina. Aterrado, comprobó que en el interior de dicho hueco había una mujer sentada en una silla, atada y amordazada. Ante el titubeo de Esteban, el cañón del revólver se clavó en su costado, oyendo de nuevo la frase:

- Puede usted elegir entre el oro y el plomo.

No fue la promesa de dinero lo que hizo que el albañil levantara el tabique, sino el miedo a que un individuo tan peligroso hiciera uso del arma.  

Terminado el trabajo fue amenazado de nuevo con la muerte si contaba lo sucedido. Le vendaron los ojos y lo llevaron a su casa. Una vez en ella, Esteban se acostó, pero el espantoso encargo no le dejaba dormir; aún veía los ojos de la emparedada suplicándole ayuda. Despertó a su mujer y le contó lo sucedido y, tras una breve discusión, se vistieron y presentaron ante el Juez de Guardia. Éste le tomó declaración y, aunque el albañil no sabía el recorrido que realizó el carruaje, sí recordaba que cada cuarto de hora sonaba la campana de una iglesia cercana. La pista fue definitiva: en toda Sevilla, la única iglesia con reloj que marcaba los cuartos era la de San Lorenzo. Al parecer, el coche había dado vueltas durante una hora para volver al punto de partida. Con este indicio y otros detalles que recordaba Esteban sobre el sótano, encontraron rápidamente el lugar y lograron rescatar a la mujer emparedada sana y salva, que resultó ser hija de los dueños de una conocida confitería de La Campana.
Torre de la Iglesia de San Lorenzo, con el reloj de la leyenda.
El culpable del terrible suceso era su marido, un hacendado cubano propietario de plantaciones de caña de azúcar, que en un ataque de celos la emparedó, siendo detenido por la policía cuando intentaba embarcar rumbo a La Habana. Finalmente, resultó no ser cierta tal afirmación y que el origen de su fortuna estribaba en su oficio de verdugo en la capital cubana. Desde ese cargo, y aprovechando la revolución, se dedicaba al chantaje a personas acaudaladas, a las que amenazaba con denunciar falsamente si no le pagaban el dinero solicitado.

Afortunadamente, y a diferencia de otras muchas leyendas sobre mujeres emparedadas, la de Sevilla terminó felizmente, salvándose la dama y siendo ejecutado el culpable.

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